REFLEXIONES EN TORNO AL DISCURSO DE GÉNERO

Partimos de la hipótesis de que expresiones tales como igualdad de género, violencia de género, lenguaje de género, perspectiva de género, expresión de género o identidad de género, forman parte de un discurso social que excede aquellos ámbitos concretos donde suelen aplicarse cada uno de aquéllos términos, sea educativo, sociológico, orientación sexual, jurídico, político, etc.  y desde el cual también sería posible extraer su lógica y su sentido. A ese hipotético discurso general, donde quedarían englobados, se lo podría llamar “discurso de género”.

Vamos a empezar a hablar de este discurso a partir del término “identidad de género” y del contexto discursivo en el que tiene una presencia más relevante, que sería el de la diversidad sexual.

En los últimos años han ido apareciendo una serie de leyes sobre esta cuestión, que podríamos denominar genéricamente como “Leyes sobre la identidad de género”, en las diferentes comunidades autónomas; la correspondiente a la región de Murcia apareció en mayo del pasado año. Sólo nos vamos a referir a los títulos con los que estas leyes se han ido presentado y al objeto o problemática a los que se refería su contenido, ya que estos han ido variando. Analizando los títulos de las leyes y la temática a la que se dirigen podríamos diferenciar tres fases:

  1. En un primer momento se trata de leyes que se hacen para un único y determinado colectivo. En este caso sería el colectivo transexual. Se publican durante el periodo 2009-14. Se trata de leyes para la no discriminación por motivos de identidad de género y de reconocimiento de los derechos de las personas transexuales.

Más o menos, bajo esta denominación se publican las leyes de Navarra 2009, País Vasco 2012, Andalucía y Canarias en 2014.

  1. En ese mismo año 2014 empiezan a publicarse leyes que ya no se dirigen a un único colectivo, sino a varios, entre los cuales, por supuesto, sigue estando el colectivo transexual. Son las leyes de Galicia y Cataluña: “Ley por la igualdad de trato y la no discriminación de lesbianas, gays, transexuales, bisexuales e intersexuales”, en Galicia, y “Ley para garantizar los derechos de lesbianas, gays, bisexuales, transgénero e intersexuales y para erradicar la homofobia, la bifobia y la transfobia”, en Cataluña.

En este mismo sentido, en Extremadura (2015), “Ley de Igualdad Social de Lesbianas, Gais, Bisexuales, Transgéneros, Transexuales e Intersexuales, y de políticas públicas contra la discriminación por homofobia y transfobia en la Comunidad Autónoma de Extremadura”.

La de Murcia (2016) Se denomina igual.

  1. En la siguiente fase las leyes se siguen dirigiendo a diferentes colectivos, pero ya aparece en el título de la ley la serie de letras LGBTI, y a partir de aquí hay algunas en las que no aparecen nombrados uno por uno esos diferentes colectivos. Es el caso de la ley de la comunidad de Madrid: “Ley de Protección Integral contra la LGTBIfobia y la discriminación por razón de orientación e identidad sexual”.

A grandes rasgos, podríamos decir que el proceso ha consistido en pasar de hacer leyes específicas a hacer leyes colectivas, momento a partir del cual se va acentuando la tendencia a nombrar colectivamente con el término LGBTI en lugar de uno por uno a cada colectivo en su diversidad, un término, LGBTI, que ya aparecía en el texto de las leyes, pero que durante este tiempo se ha promovido hasta su implantación en el propio título de la ley.

Las letras LGBTI son las iniciales de los colectivos Lesbiana, Gay, Bisexual, Transexual, Transgénero e Intersexual. En esta serie de colectivos tal vez habría que aclarar en primer lugar la diferencia entre transexual y transgénero. Transgénero sería la persona que no ajusta su comportamiento a los patrones que definen lo que es un hombre o una mujer; es decir, no se identifica como hombre, si se trata de alguien de sexo masculino, o como mujer, si se trata del sexo femenino. Incluso puede haber un tránsito de roles independientemente del sexo de la persona en cuestión. Además, no necesita hacer ningún tipo de reasignación de sexo, no necesita transformar su cuerpo de hombre en uno de mujer o viceversa. La persona transexual, por el contrario, sí necesita o demanda esta transformación, esta intervención sobre su cuerpo para adaptarlo a la identidad de género sentida. La persona transgénero puede vivir su transgeneridad con el cuerpo que tiene, sea el que sea, aunque no sea coincidente con su identidad de género. Digamos que adapta su identidad de género al cuerpo que tiene, mientras que el transexual necesita adaptar el cuerpo, modificarlo para adecuarlo a la identidad sexual sentida.

Esta importante diferencia entre ambos colectivos a veces se confunde o se solapa, sobre todo cuando utilizamos letras en lugar de los nombres propios de cada colectivo. Con el término LGBTI estamos utilizando una sola letra para representarlos a ambos, la letra “T”, con lo cual vela la diferencia.

Respecto al término intersexual, se trata de un término referido a lo que antes se llamaba hermafrodita. El término se ha cambiado por intersexual, al parecer también por los posibles efectos peyorativos que pudiera tener, a pesar de ser un término donde lo regio y lo mitológico están presentes. En él se incluyen los nombres de dos dioses griegos, Hermes y Afrodita, que se casaron y tuvieron un hijo con caracteres sexuales combinados al que nombraron con sus nombres, Hermafrodito.

Sobre la diversidad de estos colectivos también hace hincapié el artículo que la wikipedia dedica a las siglas LGBT.

Allí podemos leer que no todas las comunidades de personas transexuales y transgénero han estado de acuerdo en fusionarse en una sola letra,  y que muchos hubiesen preferido escribir la sigla con doble T (LGBTT) precisamente para poder seguir poniendo de manifiesto su diferencia.

Además de esto, y ya cambiando de lugar la polémica, cito textualmente: “Algunos defienden que las causas de personas transexuales y transgénero no pueden agruparse en la misma denominación que las de las personas lesbianas, gay y bisexuales”. El argumento sería que “las personas transgénero y la transexualidad tienen que ver con la identidad de género o con el hecho de sentirse hombre o mujer, no con la orientación sexual. En cambio, los temas de los LGB son percibidos como un asunto de orientación sexual o de atracción, no de identidad.” Como ya planteaba Freud, en relación a la sexuación se puede diferenciar entre el proceso de la identificación y el de la elección de objeto, y lo que viene a decir aquél argumento diferenciador es que la problemática en la transexualidad tiene que ver con la identidad sexual, (es decir, sentirse hombre o mujer en tanto esa identidad no se corresponde con el cuerpo y, por lo tanto, puede haber una demanda de intervención sobre el cuerpo para adaptarlo a la identidad sentida), mientras que en el caso de lesbiana, gay o bisexual no hay tal cuestión, aquí se trata de elección de objeto, no de identidad sexual. Están de acuerdo con su cuerpo y se pueden sentir hombre, en un caso, y mujer en el otro, independientemente de que elijan un partener del mismo sexo.

En cualquier caso, y seguimos leyendo en la wikipedia, la posibilidad de que los diferentes colectivos, a pesar de sus diferencias en cuanto a naturaleza y problemática sexual, no fuesen juntos bajo unas mismas siglas es calificada por Peter Tatchell, persona relevante en este ámbito, de “locura política”. Esto pone de manifiesto la importancia del criterio político entre las causas motivantes de esta reunión de letras, lo cual aportaría una precisión reseñable: estos diferentes colectivos terminan uniéndose bajo unas mismas siglas, no porque sean diversos, sino a pesar de serlo, a pesar de la diversidad que existe entre ellos. La cuestión será, una vez que se unen formando un único colectivo donde las diferencias se han soslayado, en relación a qué temática se va a seguir planteando la diferencia.

Defender la diversidad sexual y su visualización es uno de los principios básicos de este discurso, puesto de manifiesto en todas las normativas que hemos ido comentando, algo que, evidentemente, es un principio básico de convivencia. Sin embargo, y a raíz de lo expuesto, la pregunta sería pertinente: ¿estamos seguros de que la mejor forma de defender ese principio de diversidad es colectivizar la diversidad, hacer un colectivo de lo diverso. ¿No estaremos planteando una contradicción en sus términos? ¿La tendencia a sustituir el nombre propio de cada opción sexual por un nombre común a todas ellas es coherente con el principio de diversidad?

Es evidente que el término LGBTI ha ido tomando protagonismo e imponiéndose a otros términos en uso; sin ir más lejos, lo que desde hace bastantes años se llamaba “fiesta del orgullo gay” ahora se llama “fiesta del orgullo LGBTI”.

Y, sin embargo, también los diversos colectivos quieren seguir siendo diversos, no colectivizados. Una de las más importantes asociaciones del colectivo transexual se quejaba de la poca atención que la ley gallega dedicaba a su colectivo. Galicia fue la primera comunidad cuya ley se hizo, no para un colectivo particular, sino para un grupo de colectivos. Y esta asociación lo que pedía era una ley integral, específica, propia para los transexuales en Galicia.

Al parecer, en la comunidad de Madrid también se ha aprobado recientemente, además de la que hemos comentado, otra ley específica para el colectivo trans, que en este sentido parece ser el más activo en sus reivindicaciones particulares y ocupar un cierto lugar de liderazgo entre el resto de los colectivos LGBTI.

Entonces, por un lado hay un empuje a marcar la diferencia y ser reconocido en su diversidad,  y por otro una política consistente en colectivizar o globalizar la diversidad.

Evidentemente, desde el punto de vista de la política asociativa, tiene sus ventajas juntar diferentes colectivos en uno sólo, así se tiene más fuerza, más influencia, más presencia, pero esta sería una cuestión que posiblemente no sea la que más nos interesa a nosotros, psicólogos, psiquiatras, pedagogos, maestros, orientadores, psicoanalistas, etc. Creo que nuestro trabajo no debe perder de vista la diversidad de la problemática que se nos presente, y no sólo entre los diferentes colectivos u orientaciones, sino también en cuanto a la diversidad y peculiaridad de cada una de las personas que se ubican en cualesquiera de esas opciones sexuales, algo que este discurso podría estar por un lado promoviendo y por otro minorizando.

Y esto lo podemos ver a partir de la serie de términos que se han ido componiendo y poniendo en circulación enganchados al LGBTI.

He aquí algunos de estos nuevos términos o expresiones sacados directamente de las normativas o leyes sobre identidad de género que se han venido publicando:

Tenemos alumnos LGBTI, educación LGBTI, realidad LGBTI, temática LGBTI, población LGBTI, persona LGBTI, menores LGBTI, familia LGBTI, etc.

Si digo persona LGBTI no estoy nombrando la peculiaridad o diversidad de su orientación sexual, simplemente nombro su pertenencia a un determinado colectivo; si digo menor LGBTI no estoy poniendo de manifiesto, ni dando ninguna información sobre la problemática particular de su orientación sexual. Y si digo familia LGBTI, no estoy diciendo de qué se trata en esa familia, si se trata de que hay una persona gay, transexual, transgénero, lesbiana, etc. Es decir, a uno le queda la sensación de que para este discurso, que se trate de una persona gay, transgénero o intersexual puede terminar siendo lo menos importante; lo más importante es que se trata de una persona, alumno o familia que ha quedado integrada dentro de las siglas LGBTI, sea cual sea su orientación sexual.

En definitiva, y como venimos comentando, cabe la posibilidad de que este formato discursivo esté oscureciendo y restando importancia a la diversidad que, por otro lado, tiene como uno de sus objetivos mostrar y defender, lo cual sería un efecto imprevisto en este discurso que sería conveniente valorar.

Otra de las ideas bastante generalizadas que pueden encontrarse en este discurso  sería aquélla según la cual la orientación sexual y la identidad de género se deben a factores innatos. Es una idea frecuente entre las asociaciones que forman parte de los LGBTI, sean asociaciones gay, transexuales, lesbianas etc., y es en este sentido que, como digo, se puede considerar como un elemento más del discurso en el que se integran.    La consecuencia lógica es que los factores ambientales, socioculturales, familiares y/o educativos tienen, para este discurso, un papel muy poco o nada determinante en la orientación sexual, ya que se nacería gay, transexual, lesbiana, etc.

La teoría sobre el condicionamiento innato de la identidad sexual es muy antigua. Que se nace hombre o se nace mujer es algo que siempre han defendido los padres de la iglesia. En el caso del discurso religioso, se trataría de un innatismo físico, innatismo genital o morfológico. Se nace con un genital, macho o hembra, un cuerpo de hombre o mujer y eso implica directamente la identidad sexual hombre o mujer. En definitiva, esta teoría estaría en concordancia con una determinada interpretación bíblica según la cual  “Dios los hizo hombre y mujer”. Mientras que, en el caso del discurso de género, hablaríamos de un innatismo psíquico, no condicionado por el cuerpo sino por el cerebro. Lo moderno, o lo novedoso, sería situar lo innato en el cerebro, incluso como tesis neurocientífica, pero en ambos casos hablamos del innatismo de la identidad y de la orientación sexual, con todas sus consecuencias.

Asimismo se trata de una idea que también encontramos bastante presente entre la clase política. Hay un documento informativo del Consejo de la Unión Europea titulado: “Manual para promover y proteger el disfrute de todos los derechos humanos por parte de las personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero (LGBT)” donde se habla de la percepción innata de la orientación sexual.

Podemos citar, asimismo, la opinión puesta de manifiesto en el seno de uno de los cuatro grandes partidos del arco parlamentario español, en este caso referidas al colectivo transexual: “la transexualidad es una condición innata, por tanto independiente de la edad y de la capacidad de obrar o del grado de madurez de la persona”. Se trata sólo de un ejemplo, ya que es una idea políticamente generalizada en los últimos años.

Si partimos de esta idea habrá que legislar también para que los factores ambientales perturben lo menos posible el desarrollo de esta condición innata, y cuidar de que los diferentes abordajes profesionales, psicológicos, educativos, etc., en relación a la identidad de género y la orientación sexual, no vengan a contrariar lo ya dispuesto genética o cerebralmente. Esta intervención sólo estaría justificada una vez que el niño ya hubiese puesto de manifiesto su identidad de género innata, en cuyo caso ya podrían coaligarse para propiciar el mejor desarrollo de aquélla.  Incluso, más allá de los ámbitos profesiones, los padres han de valorar qué es lo más conveniente decir a sus hijos, cuidar sus expresiones a fin de evitar condicionarlos e influir negativamente sobre aquélla condición innata antes de que el propio niño la manifieste, algo en lo que ya se hace especial hincapié en los manuales de formación a profesionales sobre la temática LGBTI.

Si bien esta cuestión sobre el innatismo del carácter sexual no es nueva, sí podría decirse que este discurso la está volviendo a poner de actualidad. Nos referíamos antes a un documento del Consejo de Europa donde se señalaba la condición innata de la percepción sexual. Ese documento es del año 2010. Pero si nos vamos un poco más atrás en el tiempo, año 2002, encontramos una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos donde se afirma que la sexualidad no es un concepto puramente biológico, sino, sobre todo, psicosocial.

Si partimos de esta sentencia, la cuestión sería cómo conciliar el innatismo de la identidad de género con la prioridad del factor psicosocial, con ese “sobre todo psicosocial”.

Se trata de una sentencia citada en el preámbulo o argumentario inicial de algunas de las leyes que hemos comentado, ya que, en primer lugar, desliga la identidad sexual del elemento biológico, morfológico o genital, cuestión relevante sobre todo para el colectivo transexual, ya que permite definir una identidad sexual más allá del cuerpo biológico con el que se ha nacido. Sin embargo, en la medida en la que este discurso sigue abonado a la idea del innatismo de la condición sexual, deja de lado la segunda parte de la sentencia.   Trasladar la condición innata desde el cuerpo hasta el cerebro permite a este discurso seguir desatendiendo la relevancia que dicha sentencia otorga a los factores psicosociales en la conformación de la sexualidad humana.

Volviendo a aquella opinión, según la cual el saber o el sentir sobre la orientación sexual es independiente de la edad, la capacidad de obrar o del grado de madurez, se puede concluir que no hay límite de edad para la inmadurez con la que el niño puede tener sabida y sentida de forma indudable su orientación sexual y su identidad de género.  No es necesario pasar por diferentes fases madurativas o de desarrollo psicosexual, ni que intervengan demasiados factores psicosociales, como decía la sentencia. Incluso la pubertad y adolescencia pierden su interés como fases que podrían aportar algún tipo de esclarecimiento en cuanto a la orientación sexual y la identidad de género de un sujeto.

         Como vemos, se trata de una teoría simple que facilita bastante las cosas al niño, pero respecto a la cual habría que preguntarse si también entre las diferentes corrientes psicológicas y educativas, entre los profesionales, que son en definitiva los que podrían tener una opinión autorizada, hay tanta unanimidad como parece haberla en aquéllos otros sectores sociales.

          Fuera de aquélla unanimidad se encuentra, asimismo, otro movimiento social y cultural también relacionado con la identidad de género y la orientación sexual, pero que diferencia sensiblemente sus posiciones teóricas y políticas de las del colectivo LGBTI. Se trata del movimiento Queer, al que rara vez se cita en estas normativas que hemos comentado. Sostiene la teoría Queer que los géneros, las identidades sexuales y las orientaciones sexuales, son el resultado de una construcción social ficticia y arquetípica y que, por lo tanto, no están esencialmente o biológicamente inscritos en la naturaleza humana, sino que se trata de formas socialmente variables. Además de esto, rechaza clasificar a las personas por su orientación sexual o identidad de género, establecer categorías universales de gay, lesbiana, heterosexual, bisexual etc, en las que encajarían todos los sujetos de esa determinada orientación; afirma que todas las “identidades sexuales” son igualmente anómalas, incluida la heterosexualidad, y que cada sujeto tiene una forma particular y diversa de vivir su sexualidad, y eso es lo importante, más allá de la categoría en la que se lo encasille. Al parecer el movimiento LGBTI está intentando incluir ente sus letras la Q de la opción Queer.

Para terminar vamos a referirnos a otro de los términos o expresiones propios de este discurso, que, si bien estaría referido a un ámbito diferente al de la identidad de género, vamos a considerar como formando parte también de lo que hemos llamado discurso de género. Se trata de los términos “igualdad de género” y “violencia de género”, que muchas veces se plantean como la cara y la cruz de una misma realidad, bajo el paradigma de que hay violencia de género porque no hay igualdad de género; por lo tanto, consiguiendo cada vez mayores niveles de igualdad de género conseguiremos ir reduciendo la violencia de género.

El hecho es que, a pesar de referirse a ámbitos o realidades diferentes, el discurso de género establece vínculos entre los términos identidad de género y violencia de género.

En un documento editado por el ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, que consistía en una serie de propuestas para una educación libre de acoso homofóbico y transfóbico -estaríamos en el ámbito de la problemática de la identidad de género- se dice: “En resumidas cuentas, la homofobia, como la violencia de género, se dirige contra las personas que ponen en cuestión el sistema de sexo/género imperante en nuestra sociedad”.

No cuestionamos esta tesis, simplemente traemos la cita para mostrar cómo son vinculadas en los textos oficiales lo relativo a la violencia por identidad de género, y lo que directamente se llama violencia de género. Además, los protocolos específicos sobre identidad de género, en algunas comunidades, incluyen, asimismo, aspectos o consideraciones relativas a la problemática sobre violencia de género.

Esta vinculación permite que, dentro de este discurso, se pueda argumentar sobre uno de los términos a partir del otro, incluso aclarar de esta forma el sentido implícito que puede estar conllevando su uso.

Hace unos años, a lo que ahora se le llama “violencia de género” se la solía llamar, “violencia doméstica”. Los términos para referirnos a los mismos hechos van cambiando. Aquella expresión ha ido quedando en desuso y ahora solemos hablar casi siempre de “violencia machista” o “violencia de género” de forma indiferenciada.

Que se estén haciendo equivaler los términos “violencia machista” y “violencia de género” merecería alguna crítica o comentario. Puestos a elegir entre los dos, puestos a elegir talvez sería preferible el término “violencia machista”, a falta de otro mejor, ya que especifica y delimita mejor el hecho. La terminología no es inocente ni aséptica. No se transmite el mismo mensaje cuando se dice “violencia machista” que cuando se dice “violencia de género”, por mucho que en diferentes sectores sociales, medios de comunicación, políticos o ideológicos se los pueda estar haciendo equivaler

Si intentamos aclarar el sentido de la expresión “violencia de género” a partir del término “identidad de género”, en base al cual diferenciamos entre colectivos, lesbiana, gay, bisexual, transexual, transgénero, intersexual, y nos preguntásemos a qué colectivo en cuanto a identidad de género y orientación sexual está referida aquella violencia, responderíamos que la identidad de género es masculina y la orientación sexual heterosexual. A partir de aquí, y dependiendo del término que utilicemos, podemos estar diciendo que se trata de una violencia implícita al propio género, violencia de género, o, dentro de ese género, delimitada al rasgo machista.

Si hacemos equivaler violencia machista y violencia de género estamos diciendo que el machismo es un rasgo propio de aquel género; es decir, que ser masculino heterosexual conlleva ser machista. Con ello, podríamos estar convirtiendo, efectivamente, la violencia machista en una violencia de género; violencia ligada a la propia identidad de género y orientación sexual.

Este podría ser otro de los efectos imprevistos de este discurso, efecto de discurso que, en lugar de facilitar, dificultaría la disminución de la violencia machista en la medida en la que la estemos divulgando, visualizando o transmitiendo, no como un hecho delimitado al rasgo machista, sino generalizado a un determinado colectivo, desconociendo que, como apuntaba Carmen Gallano, el machismo nada tiene que ver con la virilidad.

Y esto nos devuelve a aquella política, que comentábamos anteriormente, tendente a colectivizar la diversidad, a hacer un grupo, un colectivo con todas las opciones posibles de la identidad de género y la orientación sexual.

Cuando uno hace un grupo es porque intenta diferenciarse de otra cosa que no está en el grupo, que está fuera del grupo. Y, si nos fijamos en esa diversidad de opciones sexuales con la que se intenta hacer un único colectivo bajo las letras LGBTI, resulta evidente que hay allí una orientación sexual que brilla por su ausencia: la relativa a la identidad de género y orientación sexual heterosexual. Es como si se hubiese puesto, en un lado la opción heterosexual, y en el otro todas las demás orientaciones sexuales e identidades de género.

Otro de los efectos imprevistos que puede tener este discurso es que estemos colocando la opción heterosexual como una opción fuera de serie, fuera de la serie de las opciones sexuales, en lugar de colocarla haciendo serie, como una opción más, que es, por otro lado, lo que este discurso parece querer plantear: que no es la opción normativa, excepcional, que es una más de las posibles. Sin embargo, luego, en lugar de ponerla en serie con las otras, a continuación de las otras, como una más, la colocamos en un lugar casi de referencia, frente a la cual se sitúan todas las demás.

El propio Freud ya apuntaba hacia la seriación de la heterosexualidad cuando planteaba que la misma ofrecía tantos interrogantes y debía ser tan estudiada y aclarada como pudiera serlo la opción homosexual.

En la medida en la que colectivizamos la diversidad y dejamos de nombrar a cada una de las orientaciones por su nombre propio, resulta más difícil definirse por lo que uno es: gay, lesbiana, transexual, etc., y empieza a definirse por lo que no es. Lo que define ya no es la particularidad de lo que se es, sino lo que no se es, es decir: heterosexual. De esta forma, un LGBTI donde los nombres propios de las opciones sexuales hubiesen pasado a un segundo plano, sólo podría marcar su diversidad y su diferencia respecto a lo que ha quedado fuera de sus siglas, frente a lo heterosexual.

Lacan plantea que en todo discurso hay algo que el propio discurso produce como resto, algo que no le encaja, extraño al propio discurso, fuera de su lógica, pero que es fruto y efecto del mismo. Sería como el resto que nos queda tras una operación de división en la que no ha sido posible encajarlo todo en el cociente, sin resto o con resto cero. Ese resto que no logramos encajar, por muchos decimales que saquemos, forma parte de la operación.

En este sentido, dichos efectos imprevistos, efectos que no cuadran, habría que analizarlos y valorarlos siempre en relación al propio discurso, porque sólo allí podemos encontrar su lógica interna y su razón de ser.

 

Gabriel Hernández

ECOS DE LA JORNADA “El sexo de los niños”: “Yo no quiero ser mayor”. Comentario de Mercedes García Corominas

“Yo no quiero ser mayor”

La aparición del juego simbólico en un niño es una realidad gozosa. A partir de esa capacidad de representación nos  da cuenta de su inmersión y manejo del lenguaje, de su capacidad de recrear imágenes mentales y traerlas al presente mediante situaciones de juego. Marca su entrada en la comprensión del mundo literario y de los múltiples significados del lenguaje, con todos sus matices.

En su evolución, el juego simbólico va permitiéndole al niño alcanzar una gran flexibilidad de pensamiento, adquirir la suficiente representación de sí mismo para poder llegar a simbolizar un personaje diferente del que es en realidad. En estas situaciones de juego puede escenificar deseos y sentimientos que están dentro de él: hacer de malo, de heroína, de cerdito, de perrito dócil…y en ocasiones repetirá estos roles hasta alcanzar un cierto dominio de ellos, hasta que algo de lo inconsciente se haya colocado o resuelto y pueda pasar a otras representaciones. No es un camino lineal, sufre retrocesos.

La labor del adulto que presencia esta evolución es la de escucha, respeto. La de compañero simbólico, representante de la norma, creador de un entorno de seguridad afectiva que le permita al niño manifestarse.

Además, tiene que transmitirle que el alcance del juego es simbólico, que su capa roja lo inviste de “superman” pero que la indumentaria no puede ayudarle a saltar desde grandes alturas sin riesgo para su persona. Que una cabriola que a los dos años “no me sale” a los tres es más que probable conseguirla. Ha de transmitirle al pequeño que hay un tiempo de ver, de comprender y de concluir, y que este tiempo es diferente para todos.

También ha  de acompañar al niño en su proceso madurativo, sostenerlo en sus dificultades frente a la vida, con intervenciones imperceptibles que le permitan irse construyendo en su singularidad, que le dejen espacio para ir corrigiendo el rumbo hacia el objetivo de su deseo.

Los humanos tenemos dificultades para orientarnos respecto a muchas cosas, una de ellas la sexualidad. Es adecuado suponer que esta dificultad viene de un vacío inicial, en lugar de un germen de identidad. El niño a lo largo de la infancia va construyendo su sexualidad, influido por el discurso que lo acompaña: el medio, los padres, la comunidad.

Entonces, ¿a qué responde esa voluntad actual de hacer coincidir el sexo (anatómico) con el de género (identificación subjetiva de pertenencia) a un lado u otro, queriendo hacerlos coincidir ayudados por la cirugía y otras injerencias hormonales, apoyados en un mercado médico altamente intrusivo en períodos muy precoces, que oferta soluciones de dudoso resultado a largo plazo para el sujeto, bajo la promesa engañosa de la felicidad?

“Quiero ser niño” si es niña o viceversa… ¿Qué valor le damos a esta afirmación infantil? ¿Por qué responder con un cambio de indumentaria y de apariencia física inmediato? Hay otra afirmación infantil muy habitual y recurrente: “quiero ser pequeño” o “yo no quiero crecer” y no por ello les acompañamos a estadios anteriores colocándoles indumentaria de bebés o retrotrayéndoles al biberón. El “yo no quiero ser mayor” suele aparecer en momentos complicados para el niño, en momentos en los que tiene que salvar retos que le asustan y supone que le superan, y nos advierte del retroceso… Pero es infrecuente, fuera de toda lógica, facilitar estas regresiones. ¿Por qué el “quiero ser niña” en boca de un niño, pasa de ser un momento existencial no exento de dificultad en el niño a tomarse por el adulto en una certeza y en la toma de decisiones precoces sobre el cuerpo infantil?

La sexualidad se construye en dos tiempos (sexualidad infantil y pubertad), y hay que esperar al menos a la pubertad para ver de qué manera y por qué camino  ha construido su elección en lo que a su identidad sexual y elecciones de objeto se refiere. No es un recorrido fácil (hagamos memoria), pero su resolución, sea la que sea, le dará argumentos para defenderla y vivirla con plenitud.

Estamos hablando de niños. Están a nuestro cuidado. La infancia es toda una travesía de aprendizajes, de procesos madurativos, de sinsabores, de gozo y de esperanza de futuro. Todo está por hacer, pero el recorrido es a veces tortuoso, no exento de retrocesos. Lo mejor en ese acompañamiento que se nos pide a los adultos es no tomar decisiones irreversibles en los niños. Permitirles su tiempo. Concederles su tiempo.

 

MERCEDES GARCÍA COROMINAS

Psicoanalista/Psicomotricista

MURCIA 2017

 

ECOS DE LA JORNADA. “El sexo de los niños”

Con la idea de compartir las opiniones, reflexiones y comentarios  de los asistentes a las jornadas de Clínica y Educación “El sexo de los niños”, abrimos esta entrada para que todos aquéllos que lo deseen puedan hacer llegar sus impresiones sobre lo allí expuesto.